Cerré la puerta de un portazo y eché a correr todo lo que mis temblorosas piernas me permitían. Las lágrimas corrían por mis mejillas, y cada vez iba a más, a cada paso que daba alejándome de aquella casa más crecía mi angustia. Lloraba tanto que se me nublaba la vista, veía nubelosas grisáceas emborronándome lo que se encontraba ante mi. Me conocía bien el camino, y ya casi por instinto esquivaba las farolas, los buzones y doblaba las esquinas de forma mecánica. Me dolía el pecho, me daban pinchazos. Sería porque a momentos debía habérseme olvidado respirar. Aunque bueno, me preguntaba que para qué lo necesitaba ya... Escuché a alguien correr detrás mía, no estaba segura de si eran pasos o no lo que me perseguían, pero yo sentía una presencia tras de mi. Ni me giré. Si era él, no quería verle. El bolso me pesaba un mundo y mi hombro comenzaba a resentirse. Por favor que acabara ya, que no me estuviese pasando eso a mi, después de todo lo que había luchado, después de todo lo que me esforcé para que todo funcionara, joder, no me lo merecía...
-¡CLEA! ¡Joder, escúchame! ¡PARA!
Esa voz me sirvió de ayuda para sacar fuerzas de donde no las tenía, estaba fatigada, pero aceleré todo lo que pude, sin dejar de llorar, sin dejar de temblar de rabia, de dolor, de impotencia... Me sentía una idiota, una completa gilipollas.
Me froté los ojos sin parar de correr, lo cual ya no sé si lo hacía para escapar o para canalizar toda esa ira que emanaba en mi interior. Cuando me pasé la palma por los párpados, éstos me escocieron, y descubrí toda la sombra de ojos y el rimmel impregnados en el dorso de mi mano. Me doblé sobre mi misma, apoyando las manos en las rodillas e inclinando la cabeza hacia abajo para tomar aire. Dejé caer el bolso al suelo, escuchando el ruído que hizo por el peso de todo lo que llevaba dentro. Ya no escuchaba nada, además era tarde, ya oscurecía y las luces de las calles estaban encendidas, al igual que las ventanas de algunas casas. No había nadie alrededor mía, y esta vez me atreví a volver la cabeza. Nada. Mis piernas flojearon y me dejé caer sentada en el borde de la acera, hundiendo la cabeza, llorando, casi gritando, no podía más, lo odiaba con todas mis fuerzas, cosa impensable hace unos días. Lo odiaba a él y al mundo, pero sobretodo a mi, por haber sido tan estúpida. Me quedé quieta, sacudiéndome ligeramente por las convulsiones del llanto, pero ya no sollozaba, no emitía sonido alguno, simplemente miraba a un punto fijo de la carretera, peleándome conmigo misma por conseguir tragar saliva. Abrí el bolso, buscando el móvil en su interior, entre todo aquel revoltijo de ropa metida a presión de cualquier manera. El simple hecho de estirar el brazo me dolió, era increíble lo que los nervios podían conseguir hacer en nuestro organismo. Miré la hora, eran las ocho. ¿Y ahora qué hacía? ¿Con quién iba? ¿A quién llamaba? Me quité los tacones que increíblemente todavía llevaba puestos, y al apoyar los pies en el suelo sentí como mis huesos y músculos se estiraban, esa sensación tan agradable de llegar a casa y quitarte los zapatos tras una larga noche de fiesta, sólo que esta vez dolía, no era lo mismo estar bailando en una discoteca que correr hasta no dar más de ti. Rebusqué algo de calzado en mi enorme bolsa, tenía que encontrar mis Vans por alguna parte... Cuando tras vacíar todo en medio de la calle dí con ellas, me las puse y me levanté. Una brisa gélida me recorrió, haciendo que la piel se me pusiera de gallina. Entonces me dí cuenta de las pintas que tenía que tener en ese momento. El vestido ajustado y aquellas Vans Old School. Bueno, la verdad es que poco me importaba... Recogí la bolsa con la ropa ya dentro e inicié mi búsqueda de alguna parada de autobuses, juraría que había alguna por esa zona, y en algún lado tenía que pasar la noche. Caminé cuesta abajo, muerta de frío, sintiendo los ojos hinchados y rojos, con el maquillaje seguro que por toda la cara y un aspecto que era mejor ni pensarlo. Con una mano arrastraba el bolso, mi hombro no podía más, y en la otra sujetaba los tacones. Verme así tendría que ser algo muy cómico, pero no lo era, no lo era ni un poco. Una mujer caminaba por la calle de enfrente, iba paseando un bonito perro blanco pequeño de pelo rizado. El viento le daba en la cara y lo hacía muy gracioso. Me fijé en que su dueña me observaba de reojo. En fin, no me extraña.
Conseguí ver a lo lejos un panel informativo de las rutas de los buses y al tener a su lado un gran banco me di cuenta que había dado con la parada. Me puse a mirar cuales eran los trayectos que hacían, en realidad cualquiera me servía, sólo quería escapar.